El guinda, la secuela de todos los colores que criticaba.
La política mexicana siempre ha tenido algo de tragicomedia, pero en tiempos recientes parece haberse convertido en stand-up involuntario. Lo preocupante no es que se digan absurdos, sino que se digan desde el poder.
Ahí está Norroñas, uno de los rostros más ruidosos del oficialismo, predicando la austeridad republicana mientras documenta viajes internacionales en condiciones que poco tienen de austeras. La contradicción no es menor, se condena el ’lujo neoliberal’ desde un asiento que, en ocasiones, parece más cercano a la primera clase que al discurso de combate a los privilegios.
O el caso de Doña Clau, quien ha insistido en que antes no existían apoyos educativos como los actuales, mientras su propia trayectoria incluye haber sido beneficiaria de becas académicas en el extranjero. La memoria política es selectiva, pero la hemeroteca no perdona. A esto se suma otra ironía: quien en su juventud participó en marchas contra el ’gobierno represor’, hoy cuestiona o minimiza protestas que incomodan a su administración.
Y luego están la ocurrencias de la niña Luisa (que se siente Alcalde), cuya ligereza discursiva ha alcanzado niveles preocupantes. Descalificar datos de organismos internacionales como la ONU no solo es políticamente arriesgado, es intelectualmente irresponsable. La Organización de las Naciones Unidas no es infalible, pero sus indicadores son construidos a partir de metodologías globales, comparables y auditables, son referencia obligada para medir pobreza, desarrollo, derechos humanos y desigualdad.
Negar esos datos no corrige la realidad; la distorsiona.
Porque si algo distingue a los organismos multilaterales es precisamente su capacidad de generar diagnósticos técnicos, más allá de narrativas nacionales. Cuando un gobierno decide desacreditarlos sin evidencia sólida, no está defendiendo la soberanía, está debilitando la credibilidad.
El problema de fondo no es una frase desafortunada o una contradicción aislada. Es un patrón. Un discurso que promete transformación, pero repite prácticas: simplificar la realidad, descalificar al crítico y ajustar la verdad a la conveniencia política.
La autoproclamada ’esperanza del país’ corre el riesgo de convertirse en lo que juró combatir, una secuela de los viejos gobiernos, con distinto guion pero las mismas inconsistencias.
Aunque hasta para eso son pésimos.
Ya que en política como en el cine, las secuelas rara vez superan a la original.