Cultura

Julio 07, 2020 10:38 hrs.
Cultura Internacional › México
Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018 › Líderes Políticos

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𝗟𝗮 𝗩𝗲𝗻𝘂𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗽𝗲𝗿𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼𝘀
𝗖𝗔𝗣𝗜𝗧𝗨𝗟𝗢 𝗩𝗜
𝗣𝗼𝗿: 𝗠𝗮𝗴𝗱𝗮 𝗕𝗲𝗹𝗹𝗼

Mi padre no era árabe ni veneciano, naturalmente un hombre piadoso, practicante del escepticismo, fiel seguidor de Marco Polo y sus viajes por las indias orientales. Él interpretaba que la vida es un río con el viento a favor o en contra, o te hundes o remas. Cómo quisiera regresar a mi niñez, cuando vendía pececillos a orillas del Rialto, escuálido, audaz, viendo a griegos y árabes comerciando la seda, pieles y lana de gran importe, a cambio de toneladas en granos, odres de vino, hierro, cobre, hasta buques de madera para construcción, lo cual abundaba en las lagunas italianas, pero sobre todo armas fabricadas en Francia. La vida misma ha sido cruel, implantada a experimentar un sufrimiento parsimonioso ante un placer fugaz. Este aprendiz de niño, recuerda aún, que entre aquellos viles negociadores quedaba el lado oscuro del hombre, los traficantes de piel humana. Comenzando con el control de las rutas marítimas los esclavos eran tomados cada año desde el Mar Rojo a la costa del Océano Índico. Eran vendidos por todo Oriente Medio. La compraventa se aceleró a consecuencia de la demanda en mano de obra para las plantaciones de la región; como también el cuidado de los palacios de oro.

Mi padre me contó que el primer europeo en comprar esclavos africanos en la región de Guinea fue un portugués, llamado Antão Gonçalves, estableció colonias en las islas inhabitadas de São Tomé. Para entonces los colonos portugueses descubrieron que estas islas volcánicas eran perfectas para el cultivo de azúcar, y los portugueses morían en el intento y encontraron en los esclavos africanos la capacidad de soportar elevadas temperaturas.

- Querido barón de Lyon no he logrado suprimir de la mente el recuerdo de un niño bronceado, amarrado como perro en jauría, cargado de quebranto. La barca de mi padre se detuvo frente a los subastadores de esclavos. No lloraban, pareciese que conocían su destino. Observaba sus pupilas, mentón altivo y los pellejos desgarrados sustentando sus inmaculadas almas.

Aquella escena movió mi osadía que pudo haber costado la cabeza de mi padre y la mía en la horca.

Esperé la noche, el niño se encontraba amarrado a un cepo de madera, me escondí bajo el puente, el agua llegaba a mi nariz, aquel casto, dormía, lancé sobre su cabeza un par de piedrecillas recogidas del mar y despertose asustado. Habían guardias por doquier pagados por los comerciantes para evitar cualquier tipo de escape, mi proeza era facilitar su libertad. Cayó la noche, aprendí de mi padre como buen marino que el peso del agua adormecía a los pescadores, de igual manera a los mercaderes. Como pude, rompí aquella jaula con un pedazo de metal, se partieron las rejas y junto al niño esclavo, estaba una niña, que por sus facciones podría asegurar eran hermanos. Asustados, desentrañé sus nudos, y nos lanzamos al agua, los conduje hasta un túnel que nos llevaría a las alcantarillas de la basílica de San Marcos, un escondrijo hecho por sus constructores como forma de válvula para deshacerse de cuerpos en fuga de guerra. Estábamos muertos del frío, no me expresaban gestos ni palabras, dormimos y al amanecer les propuse que huyeran, mientras regresaba a casa ¿Cómo explicarle a mi madre que habia cometido el delito de libertar esclavos?

Por varios meses les llevé alimento, la cueva marítima, testigo de aquella gesta homérica me guardó el secreto, pero una noche cuando el peso de la conciencia me acechaba, le confesé a mi madre con lujos de detalles lo acontecido, aterrorizada hizo saber a mi padre, éste en gran manera enojado me ordenó abandonar a los infantes, hasta ese momento reflexioné por mis actos y las consecuencias que arrastraría mi familia por ser un ladrón de esclavos. El tiempo jugó a mi favor, los mercaderes olvidaron aquel incidente. Y una mañana, cuando las olas del mar se aquietaron, los buques mercantes se marcharon de Venecia, mi madre alistaba a escondidas alimentos para los prófugos, respirando alivio llegué a nado hacia a ellos y fue tal mi sobresalto al ver que no estaban, desde entonces no ha descansado mi conciencia por saber si fueron descubiertos o si escaparon. Los busqué desesperadamente en medio de seiscientas flotas de buques con banderas francesas, los niños desaparecieron sin dejar un solo rastro, sin despedidas, sollozos, ni gratitud.

¿Qué será de ellos amigo barón?, ¿No era mejor la gruta marítima que una jaula? Me golpea la memoria sus recuerdos, quizás debí llevarlos a mi digno hogar, una litera, una mesa, libros, pinceles, enseñarles a navegar por las aguas tortuosas de la vida.

Todavía les recuerdo tiritando de miedo en la caverna oscura de las entrañas de la basílica de San Marcos -

Quedé en suspenso auscultando las palabras del anciano, removió el interior de mis memorias, me vi colapsar, hundido en las respuestas, sin interrumpir la solemnidad del tiempo, bajé ligeramente las escaleras, rebuscando la cava subterránea donde solían guardar los franceses el mejor vino. ¿Bebí para olvidar? No. ¿Celebraba aquel afortunado encuentro? Quizá. Entonces perturbado, distraído, taciturno, no fueron dos botellas sino tres o cuatro no recuerdo. Perdí el sentido de la prudencia, del aplomo, al encontrarme con mis antiguos demonios.


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Queda prohibida su reproducción parcial y/o total de esta publicación, derechos reservados por su autor 𝗠𝗮𝗴𝗱𝗮 𝗕𝗲𝗹𝗹𝗼 y Revista Líderes Políticos.

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