La Venus de los Perversos. Capítulo VII


El gran banquete (del diario de Charlotte Montaigne

La Venus de los Perversos. Capítulo VII

Cultura

Agosto 21, 2020 11:08 hrs.
Cultura Internacional › México
Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018 › Líderes Políticos

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CAPITULO VII
EL GRAN BANQUETE (DEL DIARIO DE CHARLOTTE MONTAIGNE)

Cuando loaba sus sesenta y tantos años, corrió la noticia por toda Francia y sus alrededores que el prestigioso Señor de las Sedas celebraría su natalicio con derroches y lujos, la servidumbre a su disposición para vestir de gala al palacete; el barón prefirió hacerlo por sí solo, trabajó su nuevo proyecto decorativo bajo un halo misterioso… Cada noche entraba a las alcobas de las criadas y sustraía sus prendas íntimas, mandó a cortar el pelaje de las colas de sus jamelgos, se vistió con harapos provisto por los vagabundos y si fuera poco ordenó confeccionar vestiduras de abadesas, monaguillos y frailes ¡Sabrá Dios qué se traía en manos el barón! La procesión de criados, abrumados, él no solo jugaba con fuego sino con nuestras cabezas, se suponía que en el festín estarían presentes: la monarquía francesa, representantes del Clero como el arzobispo Juliano Tendería, artistas, banqueros y cuantos títulos nobiliarios se apiñaran en aquel magnífico salón de matemáticos jardines.

Aconteció el gran día, algunos escalpelos de la iglesia husmeaban entre los invitados que esperaban con ansias conocer la grandiosa colección de arte del barón de Lyon, por supuesto era abrumadora, para lo que estaban a punto de presenciar. Se abrieron las puertas de par en par al son de un sonido ensordecedor, no eran platillos, ni bombos; sino las ollas de metal que utilizábamos en la cocina, aquello era estrepitoso…. Los invitados perplejos, sorprendidos, inundaron con cuchicheos los salones del Château.

Lo escandaloso estaba por suceder, la epítome de su última colección, aquello fue horrendo al contemplar guindajos de calzones rotos, remiendos de harapos, pelajes de colas de caballos adornando los retratos de las damas francesas, los balcones se atestaron de basura, excrementos, hollín de chimeneas, las esculturas fueron reemplazadas por jóvenes desnudos que simulaban ser mármol, aquel espectáculo nos envolvió con un halo de locura; tanto así que el rey cuando vio aquel anfiteatro alzó su copa y brindó en nombre de toda la concurrencia, la ingeniosidad del barón no tenía precedentes.

De aquella noche surgieron subastas, los más aprovechados fueron los banqueros que invertían cuantiosas sumas de dinero por cualquier majadería ofrecida a los invitados y el barón consumó su fama ante la borrachera del arzobispo cayéndole en gracia los disfraces de la servidumbre, el gran banquete movió los hilos más finos de la sociedad francesa, el impacto ornamental era una clara denuncia en contra de la fastuosidad vulgar de la iglesia, adornada de lujos, poder y paganismo. El barón maniobraba las mentes de sus espectadores, el dinero que amasaba era incalculable, una fortuna carecida de herederos. Lo sorprendió muy joven la inesperada muerte de su hermana y de sus padres, se sabe casi nada. Ha escondido su pasado en el obscuro santuario del secreto y disimula su desolación con el disfraz del regocijo, tras ello oculta las suturas de su infancia, el flagelo de la amargura y la infatigable ascensión hacia la cima.

Preguntadme ¿Quién es ese hombre que ni el latigazo del opresor pudo poner fin a su afán por tocar la cúpula del vaticano y caminar sobre la tumba de los cristianos justo en la capilla donde yace el usurpador San Pedro? Destronó al gran Zeus robándole su guirnalda, su vestidura de piedra, el anillo del pacto entre Grecia y Roma. El Zeus del mundo pagano lo cargan oculto entre la sotana los reformadores. La Iglesia no merece la oportunidad del cambio, ha derramado tanta sangre con el flagelo de la religiosidad, ha envenenado el rio de la verdad y llevado a la hoguera el conocimiento.

Después de aquel evento resultaron otros espectáculos paralelos, se llegó a inventar un arte que solo el barón de Lyon entendía en su irónica sabiduría. Una noche me preguntó ’Charlotte ¿qué valor, posee esta bacinilla? -- No vale casi nada Señor, - respondí, esperando de él, una respuesta que sobrepasara mis expectativas, más allá de lo racional y con tono burlesco me exclamó -Vendrán tiempos después de un múltiplo de tiempos, que este metal que hoy recoge tu inmundicia, costará el valor de toda mi colección de arte.

Charlotte Montaigne.


Derechos Reservados

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