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La Venus de los perversos. Capítulo XVI


Dos pintores, un amor

La Venus de los perversos. 
Capítulo XVI


Literatura

Marzo 16, 2021 09:06 hrs.
Literatura Internacional › México
Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018 › Líderes Políticos

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La Venus de los perversos
Capítulo XVI

Dos pintores, un amor.
Por: Magda Bello

VII Epístola a Lucca
Amado Lucca, conocí a una mujer con encantos superiores a los mortales, nacida del río Aqueronte, vigía de las murallas de Dite, oráculo de ciencias, hija del mismísimo demonio, ahora enfrento una batalla entre la carne y mi espíritu. Suplico oraciones.

Pronto culminaré el lienzo de la Basílica de San Marcos. Que tu salud sea próspera en todo tiempo. Me despido con ósculo santo. Tu hermano de milicias Ubaldo.

Ese día no logré dar una sola pincelada, atrapado aún por aquella noche en la que entre copas, la poetisa sin nombre se ausentó de la terraza, la busqué en cada rincón. Pasada la media noche apareció mi amigo Atilio, junto a ella, parecían un poco asustados, aún respiro ese olor a pecado, ambos sudados, sus alientos acompasados y miradas perdidas.

VIII Epístola a Lucca.
Amigo Lucca si Atilio me hubiese confesado su amor por la maja, no me hubiese fijado en ella. A nuestro regreso, le pregunté si la había besado, sonrió; jamás confesó su encuentro libidinoso, se supone que somos amigos.

Juzga el comportamiento de nuestro amigo Atilio, él sabía que tu servidor pretendía a esa mujer, no sólo me gusta, la quiero conmigo. Te advierto que él aún vive bajo mi techo. Me siento traicionado, además frecuenta cortesanas en el San Polo, revela vida disoluta, descarriado de toda lección moral. No te asustes que un día de estos lo eche de mi estancia por su mal comportamiento. Te escribo en cuanto resuelva mi dilema. Ubaldo.

Los encontronazos con Atilio fueron cada vez más tensos, las tiranteces menoscaban nuestras palabras, ambos nos comportábamos como niños, ¿Quién tenía la razón? Miles albergaban entre nosotros, éramos reos del amor de una mujer.

- ¿No acordamos que ambos iríamos a su encuentro?-
- Vea Ubaldo es mejor se dedique a sus cosas, le recuerdo que usted no fue invitado al banquete, Lo llevé por compañía, así que, no cuestione mi trabajo.

- Razono tu postura, claro está, me quieres degradar, recuerda que la joven deseaba encontrarse con ambos, tú, te adelantaste. ¿Puedo saber qué han hecho sin mí?

- Basta de majaderías Ubaldo, no tengo porque darte explicaciones de mis andanzas. He viajado por toda Asia sin compañía, estoy aquí a petición de nuestro amigo Lucca y a favor de sus ruegos para ser tu huésped. Pero si lo ansías, ahora mismo salgo de tu casa.

- Te has exaltado, ¿tienes algo con ella? Dímelo y el río vuelve a su nivel.

- ¿Por qué te ha obstinado mi relación con esa mujer?, ambos la vimos al mismo tiempo, ella me ha elegido, soy un fruto apetecible, déjanos en paz, estoy que salto por verla posar en mi lienzo, tú dedícate a la obra de la Basílica por eso te paga.

Dos días antes que Atilio se encontrara con Oletea, le envié una carta advirtiéndole que antes de entregar su cuerpo a quien mejor le pareciese, nos encontrásemos al atardecer del Puente de la Virgen.
Esa tarde Atilio recorrió temprano el puerto, me percaté de su reunión con unos amigos de juerga, comerciantes fenicios.

Fui en busca de ella navegando en mi barquilla, vi su silueta en cauta espera a mi llegada. Aquel puente de madera, con el reflejo de una mujer, me recordó a mi madre cuando mi padre la esperaba cada tarde, al fin habia encontrado a la que siempre deseé para la eternidad. La subí a mi barco, el mar se alejó de nuestra realidad, nos besamos ásperamente, la intimé a saborear mi decencia pero aún no se entregaba, estaba reacia, mis protervas intenciones bailoteaban con mis poquísimas virtudes. Valiéndome de su fobia a las aguas, la interrogué con malicia.

- ¿Cuéntame lo sucedido con Atilio?

Aquel infortunado banquete a Madame Bridgette me causaba disgusto. Pasaban por mi mente ráfagas de malos pensamientos, esperaba que Atilio no haya tocado ni un pelo de su larga cabellera pelirroja, ella esquiva, me confundía.

- ¿Lo amas?- Pregunté, yéndome al grano ¿Se besaron esa noche? Confiésalo y no falleceré en esta infernal sospecha.

- No responderé a tus preguntas, mira la barca nos aleja del puerto, si me amas como dices llevadme ahora mismo a la tierra -

- Creo en tus palabras, sería doloroso que mi mejor amigo haya cruzado los linderos de la confianza. Prométeme Oletea que tenemos que encontrarnos nuevamente, has invadido mis sueños, mis ganas, si tan solo rozara tu espesa y virgínea selva, quedaría embrujado hasta la eternidad. Encántame con tus versos.

La envolví entre mis brazos, insinuó la poseyera; no niego, estaba loco por penetrarla, hacerla mía.

Esa noche confundí a mi amigo, con mi peor rival, deseaba con toda mi alma se marchase a la luz de una gigantesca luna que asomaba no muy a menudo, permanecí adyacente a mi ventana pensando en ella y su ajustado corché, al rato interrumpió Atilio mis ensueños.

- Mañana me encontraré con Oletea tenemos buenas ideas con respecto a nuestro arte, esgrime en filosofía.

- No dudo Atilio de tus fatales ideas, mi consejo te alejes de ella- Le resistía con el ardor de mis consumados celos.

- Eso lo veré en el camino estimado Ubaldo, no es conveniente se entrometa en mis asuntos personales, soy un hombre de pocas palabras, con mayor experiencia, así que sus consejos están de más.

Atilio salió a buscarla, me llevaban los demonios, quería estrujarlo, romperle el hocico, ambos sabíamos que sólo uno cabía en esta encrucijada. Mi sueño por el cual habia recurrido a la adivina parece que me ha alcanzado. Atilio me ha traicionado, esperaré su regreso y lo echare de mi casa.


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©® 𝗗𝗲𝗿𝗲𝗰𝗵𝗼𝘀 𝗥𝗲𝘀𝗲𝗿𝘃𝗮𝗱𝗼𝘀
Queda prohibida su reproducción parcial y/o total de esta obra. 𝗗𝗲𝗿𝗲𝗰𝗵𝗼𝘀 𝗥𝗲𝘀𝗲𝗿𝘃𝗮𝗱𝗼𝘀 por su autor 𝗠𝗮𝗴𝗱𝗮 𝗕𝗲𝗹𝗹𝗼 escritora y poeta nicaragüense, premio internacional de poesía Rubén Darío 2018 y Revista Líderes Políticos.

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