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La Venus de los perversos. Capítulo XXI


La otra visión del Edén

La Venus de los perversos. Capítulo XXI

Literatura

Noviembre 04, 2021 11:48 hrs.
Literatura Internacional › México
Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018 › Líderes Políticos

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La Venus de los perversos. Capítulo XXI

La otra visión del Edén

POR: MAGDA BELLO

Querido Barón de Lyon, me veo obsesivo, irascible, con el tablón y el pincel como esbozando una dama al desnudo. Observe su alrededor ¿ve algo? yo veo todo, los que sobrevivimos a los avatares de la guerra, una especie de agonía óptica, nos aprehende. La visión del Edén con su manzana dorada, infame intención divina de llevarnos al bajadero de una brutal Troya mundanal.

Barón permítame preguntarle, ¿Es neurálgico convocar los demonios de vidas pasadas? ¿Es blasfemia contemplar sus gestos mortuorios? ¿Eres un maníaco traficante de obras clandestinas?

Has venido y has huido por no escuchar lo que gritaban mis silencios. ¿Acaso en vano fue la guianza de tus dioses hasta mí?

La Venus, aún perseguida por la perversión de los hombres, no deberá ser descubierta, ¿o querrás apalear el cuerpo de la pandora hasta que orine plaga y peste?

~ ¡Oh Maestro tus colores tienen alma! ~ Exclamó el barón, al leer las primeras extensivas cartas encontradas en las albardas de sus jamelgos. El arte es un Dios venerado por los hijos de los hombres, ni las sombras iluminadas borrarían el esbozo diabólico de la prístina pintura pensante moviendo los ojos con el tic tac de las flechas.~ ¿Maestro, qué técnica utilizaría en la profundidad de sus cuerpos?- preguntó Demócrito un seguidor de ciencias ocultas.

~¿Es verdad que el punto euclidiano es el hálito de la vida? Demócrito Lucrecio también creía en la eidola, la imagen de sí mismo.

La Basílica de San Marcos recobró vida con mi paleta, la cubrí de colores oscuros mezclando el azul cerúleo, con mortandad de amarillo, escuchando finos alaridos de herejes que, al unir el tono verde con el blanco pálido, imploraban clemencia ¿Y el pintor no escucha el clamor de los incautos? Aunque no me creas, sudaba sangre cuando las voraces llamas, apagaban los gritos que salían de abajo, el prelado vigilaba mi retablo.

Este anciano pintor, como si tal fuese un Cristo resucitando memorias, aligeraba mis manos ante los escorzos de la flamante entechedura. Apenas cierro mis ojos y aparecen esas figuras humanas saliendo de los inciensos dominicales, ~¿Sabes tú, qué hay tras ese hedor putrefacto? Los que morían antes de tiempo, eran quemados ahí mismo en una liturgia pontifical, mientras yo, dibujaba las formas en paralelo al Palad de Oro, contando quinientas gradas cuesta abajo, abandonando mi quehacer pictórico con el favor de un amigo fraile, que desde hacía tiempo atrás me confiaba las llaves en su descanso, recorría sin reparos los túneles de la muerte, hombres atrapados entre estampas bizantinas, tallados en dioses; por debajo del altar de bronce dedicado a la Santísima. Extasiado, mi cabeza daba vueltas entre las mazmorras de condenados y la majestuosidad pulcra de un infierno tallado en oro, llamado por todos, el cielo. Los penitentes aseguraban que la turba insidiosa de cada noche, armados con palos y piedras eran pagados por el Clero, ahí sacrificaban animales en nombre de Abel, y condenaban a Caínes a la horca ¿Acaso esos actos no son paganismo? Aquella trifulca arrastraba a una niña, acusada de ser la virgen del diablo, otra más que entraba viva por sus altares, y saldría como sacrificio vivo y santo.

Me despido, asustado, acobardado ante el bullicio de maldades. No estoy de acuerdo con el Santo Tribunal ni sus brutales métodos de confesión, tan sólo soy un pintor ordenado, al servicio pictórico de la Curia de la Basílica de San Marcos.


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